viernes, 30 de octubre de 2015

MIGUEL HERNANDEZ


Llevo varios días intentando escribir unas líneas sobre Miguel Hernández, y a cada línea que escribo me arrepiento. Estoy frente al ordenador, con una libreta llena de frases y varios libros  gastados y viejos por el uso y me da vergüenza, he releído varios de esos poemas y siento una punzada en el corazón y mis ojos se llenan de lágrimas.

Vergüenza porque hablar de Miguel Hernández es hablar de dignidad, de solidaridad, de principios.
Vergüenza porque él nos enseño el poder transformador de la palabra, su función social y política en momentos tan duros como la Guerra Civil.
Vergüenza porque pretendo hablar de cosas que sólo con leerle ya quedan explicadas.

Mientras me planteo como poder abordar estas líneas, se produce en España un hecho, que para muchas puede ser una anécdota, pero que para mí está cargado de importancia. La editorial Anaya, una de las más importantes a nivel educativo en España,  publica un libro donde al hablar de la muerte de Federico García Lorca dice: “murió cerca de su pueblo, durante la guerra en España”, omitiendo que Lorca murió fusilado por el franquismo. También habla de la muerte de Antonio Machado y lo hace en estos términos: “Pasados unos años se fue a Francia con su familia, donde vivió hasta su muerte”, sin mencionar que Machado se fue al exilio y murió en Francia exiliado por el franquismo.
Resulta curioso que en 2014 se utilice para hablar de la muerte de Lorca unas palabras, que recuerdan demasiado a las que en 1940 hablaban de su muerte en su acta de defunción: “Murió a consecuencia de heridas producidas por hechos de guerra”
Este hecho es lamentable y nos muestra una vez más que este país llamado España tiene un verdadero problema con la memoria, con su historia, ya que nos encontramos otra vez con el intento de establecer la amnesia, el olvido del franquismo y la brutal represión, no faltaran los palmeros del régimen diciendo que para qué reabrir heridas, el problema es que es difícil reabrir algo que nunca se cerró.

Pocos días después la editorial Anaya, retiró todos los libros de esta edición, pero sin ningún tipo de arrepentimiento, sólo por la polémica generada.

Miguel Hernández también fue víctima de nuestra Guerra Civil y al igual que con Lorca y Machado podían haber endulzado su muerte.
Fue el poeta del pueblo, se sentía solidario con el pueblo oprimido, su poesía es imprescindible, contundente, necesaria en estos días.

En pleno s.XXI la realidad nos sigue escupiendo a la cara,  mostrándonos niños explotados laboralmente o niños soldados en varios países, sin futuro, sin esperanzas, pero estamos inmunizados, lo criticamos, lo condenamos y miramos hacia otro lado, cómo no recordar ese niño yuntero que Miguel Hernández retrataba en 1936:

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura”.

Las noticias nos hablaban el otro día que los comedores sociales de este país están cada vez más llenos, las familias no llegan a fin de mes, la pobreza aumenta, aunque los datos macroeconómicos digan lo contrario, el hambre esta acechando a España, y el hambre es un arma para dominar al más débil:


“Tened presente el hambre: recordad su pasado
turbio de capataces que pagaban en plomo
aquel jornal al precio de la sangre cobrado
con yugos en el alma, con golpes en el lomo.
El hambre es el primero de los conocimientos:
tener hambre es la cosa primera que se aprende
y la ferocidad de nuestros sentimientos
allá donde el estomago se origina, se enciende.”

Miguel Hernández quería llegar a todo el mundo, al labrador, al jornalero, al obrero, a los hambrientos, sintió la necesidad de luchar por un mundo mejor, más justo, más libre, más humano, por eso cuando en 1936 el golpe de estado fracasa y se inicia la guerra civil, no duda en luchar a favor de la República, sus poesías durante la guerra son poesías directas, luchadoras, en “Vientos del pueblo me llevan” nos indica esa necesidad de luchar, de formar parte de la Historia:

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

¿Quién habló de echar un yugo
Sobre el cuello de esta raza?
¿Quién a puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
 ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
 tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas”

O esos versos ya inmortalizados, tan llenos de fuerza, versos que antes de encuadernarlos, los franquistas tras ocupar Valencia ordenaron destruir, afortunadamente se salvaron dos copias, que permitieron que llegasen a nosotros:


“Para la libertad, sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.”

Pero Miguel Hernández, como tantos, perdió la guerra, y los sueños de libertad desaparecieron de este país, para dar paso a años de miedo, de persecuciones, años de dolor, de fusilamientos, de fosas comunes, años de silencio, de cárceles, de torturas…
Miguel Hernández fue encarcelado y sentenciado a muerte,  pero las presiones de muchos intelectuales hicieron que se conmutara la pena a 30 años de prisión, pasó de cárcel en cárcel, enfermando de bronquitis, luego de tifus y finalmente de tuberculosis, lo que causaría su muerte en 1942 con tan solo 31 años.

Durante su estancia en la cárcel Miguel Hernández escribió una de los poemas más dolorosos que se han  escrito, el poeta recibió una carta de su mujer en donde le contaba que para dar de amamantar a su hijo, sólo comía pan y cebolla, Miguel Hernández lleno de dolor y rabia escribió:

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.”

Es difícil no estremecerse leyendo estos versos, versos que por desgracia podrían representar a demasiadas madres.

Quiero acabar con un poema que refleja la humanidad, el amor, la lucha, la ternura de Miguel Hernández, versos inmortales, versos que todos deberíamos llevar tatuados a fuego, palabras de un hombre que dignifica al ser humano, palabras tan llenas en tiempos tan vacíos:


“Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes” 

miércoles, 8 de julio de 2015

Un día

La quería así, perfecta, llena de imperfecciones, pero perfecta, nunca se lo había dicho, pero era esa imperfección la que le hacía irresistible a sus ojos.

Los primeros rayos del sol entraban por la ventana y se quedó mirándola un buen rato, con el sol su piel adquiría un brillo especial, las pecas que recorrían su espalda se convertían en pequeños refugios donde guarecerse del frío. Cuando ella abrió los ojos, él no pudo evitar poner una sonrisa en su cara, se incorporó y tras darle un beso rápido y fugaz, se apoyó en el ventanal, le encantaba quedarse mirando el mar. Aquel piso no era el hogar que había soñado, si era sincero, no se parecía en nada a la casa en la que le gustaría vivir, pero ver el mar cada mañana compensaba el resto de defectos.
Llevaban viviendo allí cerca de tres años, cuando entraron a verlo, pensaron que estaban perdiendo el tiempo, pero fue ver el mar y tras una rápida mirada dijeron al unísono, nos lo quedamos.

A él le hacía gracia recordar las primeras veces que se vieron, ella le reconoció con el tiempo que no le soportaba, que le parecía un engreído prepotente, pero que no sabía cómo, poco a poco se fue haciendo imprescindible, cada vez que él se lo recordaba ella se enfurecía y acababa poniendo aquel gesto tan cómico cruzando los labios y la nariz.

Aquel día él lo había pedido libre en el trabajo, tenía que hacer varios recados y visitar a sus padres, hacía dos meses que su madre había salido del hospital y aún no había ido a verla, ella se lo reprochaba cada día, pero la pereza o el miedo a no querer afrontar otras cosas le hacían retrasar la visita.
Cuando terminaron de desayunar ella se dio una ducha rápida, se despidió con un beso y le dijo que les diese recuerdos a sus padres. Había intentado pedir también el día libre, pero fue imposible, su jefe no puso el menor interés e incluso le insinuó que le debía horas.

El día pasó deprisa, como si el tiempo por una vez, hubiese sido su aliado. Ya en casa y tras hacer la compra para sorprenderla con una cena lo más especial que su economía le permitía, se sirvió una copa de vino y comenzó a cocinar. Le gustaba cocinar, le relajaba, durante el tiempo que cocinaba su mente no pensaba en otra cosa, y eso era algo que a ella le sorprendía, ya que por lo general, no paraba de pensar, de darle vueltas a todo, de analizarlo todo, dejaba muy poco espacio a la imaginación, en cambio cocinando se dejaba llevar.

Pasadas las 10 comenzó a preocuparse, ella todavía no había vuelto, había veces que se quedaba a tomar algo con sus compañeras de trabajo y aunque solía avisarle no era la primera vez que se le pasaba.
A las 11 decidió cenar, recalentó lo que había cocinado y con cierta resignación disfrutó de la cena. Cuando acabó de cenar llamó al móvil de ella, la preocupación empezaba a ser nerviosismo, sonó varias veces y no contestó. Cada media hora se repetía la operación, llamaba, varios tonos y nada.
Cuando se dio cuenta eran más de las 2 de la madrugada, pensó en llamar a sus compañeras de trabajo, pero desecho la idea por la hora que era. Se sentó en el sofá y tras un suspiro bastante profundo abrió los ojos.

Estaba tumbado en la cama, empapado en sudor y con la respiración tremendamente agitada, sus ojos estaban en aquel momento clavados en el techo de la habitación, quiso girarse hacía el lado en el cual ella debía estar durmiendo, siempre y cuando todo aquello hubiese sido un sueño.

Comenzó a sentirse angustiado, su cabeza le pedía girarse, pero su cuerpo no hacía caso, su mente comenzó a imaginar miles y miles de posibilidades, pensó que todo había sido un sueño y que ella estaba dormida a su lado, también pensó que no había sido un sueño y que en un momento que no recordaba había ido del sofá a la cama, entonces las peores sensaciones comenzaron a apoderarse de él, su mente empezó a pensar que si que era un sueño, pero ¿desde cuándo, en qué momento de su vida había dejado de vivir y había empezado a soñar, cuánto era real y cuánto soñado?.
La angustia cada vez era mayor, el corazón le latía cada vez más rápido y en aquella vorágine cerró fuertemente los ojos y pensó:


-Mañana será otro día.

lunes, 27 de abril de 2015

EL ACTOR

Todavía podía escuchar los aplausos cuando entró en el camerino, el camino que le llevaba desde el escenario hasta allí siempre le resulto frío, muchos de sus compañeros tenían un subidón en ese recorrido, alguno incluso lo comparaba a un orgasmo, sin embargo para él era el principio del fin, cada vez que terminaba su actuación tenía la sensación que había sido la última, no entendía cómo era posible que la gente siguiese yendo a verle hacer lo mismo tantos años.

Ya sentado frente a aquel enorme espejo, se quedo mirándose fijamente durante un periodo de tiempo que le fue difícil calcular, cuando volvió de ese estado de semiinconsciencia, suspiro profundamente y se quitó el micrófono, odiaba actuar con micrófono, decía que le distanciaba del espectador, que lo que ellos oían no era su voz. Durante sus primeros años consiguió actuar sin él, proyectaba la voz y el público quedaba asombrado, escucharle era trasportarse a otros mundos, conseguía que como espectador sintieses durante la representación que el mundo cobraba sentido, que el tiempo no era un invento.
Con los años su voz se fue resintiendo, “los estragos de la edad y del alcohol”, se dijo a sí mismo el día que no tuvo más remedio que actuar con micrófono.

Sacó la botella de Jack Daniels que tenía guardada y lleno un vaso, tras el primer trago empezó a quitarse el maquillaje, no pudo evitar derramar una lagrima, le ocurría siempre al desmaquillarse, cuando veía su cara reflejada en el espejo con el maquillaje mezclado con el sudor y el vaso en la mano, le hacía imaginarse un payaso borracho y llorando, aquella imagen siempre le había perseguido, siempre pensó que era una de las imágenes más tristes que se podían contemplar y siempre tuvo miedo de convertirse en ese payaso, si no lo era ya.

Tras rellenar de nuevo el vaso sus ojos se quedaron fijos en las dos fotografías que estaban en las esquinas del espejo, en la izquierda la foto de su padre, con el mismo maquillaje que él acababa de quitarse, nunca se sintió a gusto cada vez que le comparaban con su padre y en cambio allí estaba, haciendo lo mismo que él y durante tantos años como él. A la derecha del espejo la foto de ella, siempre tocaba la foto antes de salir del camerino para subir las escaleras que le llevaban al escenario y siempre pensaba en las últimas palabras que ella le dijo cuando los focos se encendían y la música le daba su entrada, “es imposible que puedas llegar a querer, no te quieres ni a ti mismo”.

Siempre perdía la cuenta de las veces que rellenaba el vaso, cada noche permanecía en aquel camerino una vez acabada la función bebiendo y mirando las fotos, hasta que una voz le decía que el teatro se iba a cerrar, entonces cogía su vieja chaqueta y salía a la calle, apoyaba su mano en una de las paredes del teatro y en un susurro le decía “hasta mañana”.


viernes, 27 de febrero de 2015

Sueños


Le puedes encontrar todas las tardes en el café que hay junto a la estación de tren, le gusta sentarse junto a la ventana desde la que puede ver la llegada y la salida de los trenes, pero lo que más le gusta es poder ver el andén, se queda horas mirando a la gente y su imaginación vuela, sus cicatrices se cierran y siente que vive otras vidas.

Siempre que cierra los ojos se imagina como Elliot Ness en las escalinatas de una estación envuelto en un tiroteo, otras veces se ve en la piel de Omar Shariff recorriendo las estepas rusas, en ocasiones su soledad le hace sentirse como Gary Cooper en “Solo ante el peligro”, esperando la llegada del tren que le marcará  su destino.

Pero una vez empieza a soñar, su imaginación no se queda en los andenes, ni en las estaciones, viaja por su infancia, por sus sueños, siempre soñó ser Burt Lancaster y en compañía de su inseparable amigo sordomudo vivir miles de aventuras, ser el temible burlón o el halcón y la flecha y surcar los mares.

A veces se siente solo, con la sensación de que sólo puede confiar en un par de amigos y en su mente empieza a sonar el toque a degüello y se ve en la piel de John Wayne esperando dentro de la cárcel en ”Rio Bravo”.

Le gustaría cantar una canción bajo la lluvia o ser un viejo borracho tras una estrella errante, en una ciudad sin nombre, sueña con desafiar a las águilas o volar los cañones de Navarone.

A veces ella aparece en sus sueños y su rostro cambia, es difícil saber si hay odio o ternura, pero suele verse en el aeropuerto de Casablanca despidiendo a Ingrid Bergman, sabiendo que no volverá a verla o en las praderas irlandesas siendo un hombre tranquilo que en su rudeza conquista a Katharine Hepburn.

Cuando vuelve a la realidad, le gusta contar que siempre soñó con ser actor y que una vez estuvo cerca.
Pocas veces se atreve a contar la historia, pero cuando la noche se hace larga y el alcohol hace mella en él, cuenta que al enterarse de que se iba a rodar una de las escenas de “El Cid” en la playa de Peñíscola y que se buscaban extras, se acercó hasta allí y le dejaron participar en la escena.


Lo que no suele contar es que esa escena tuvieron que repetirla y que él ya no estaba allí, se tuvo que repetir porque uno de los extras no dejó de mirar a Sofía Loren mientras Charlton Heston galopaba muerto a lomos de Babieca.

jueves, 12 de febrero de 2015

La decisión

Quizás en eso consiste todo, en  buscar un lugar en el mundo, en encontrar ese espacio en el que sentirnos libres, en el que podamos ser nosotros  mismos y por qué no, en el que poder ser felices.

Mientras sigo buscando ese lugar, he decidido que estas páginas sean mi espacio, mi refugio donde guarecerme en esa búsqueda, donde mostrarme como soy, donde expresar mis miedos, certezas, dudas, confusiones, donde mostrarme incoherente, cabreado, donde mostrar ternura, cariño….

Como dice la canción “hoy vengo a ofrecer mi corazón”, no pretendo que nadie lo coja, sólo aviso de ello, he tardado en aprender que no se puede gustar a todo el mundo, que hay cosas en la vida en las que uno debe mantenerse fiel y otras en la que se debe evolucionar, estar abierto a cambios, a críticas, pero siempre creyendo en uno mismo.


LA DECISIÓN


Descorrió las cortinas de la ventana y la lluvia se hizo presente, llevaba días escuchando las gotas golpeando el cristal, pero no podía imaginar la negrura de aquella mañana, el cielo parecía estar resquebrajándose, la lluvia era cada vez más intensa y las calles desiertas parecían estar esperando un final.

Se quedó inmóvil durante horas contemplando aquella imagen, tenía la sensación que en cualquier momento el mundo se partiría en dos, quería salir de allí, huir, pero no sabía cómo.

Fue hasta la cocina y se calentó un café, lo suficientemente caliente para apaciguar el frío que recorría su cuerpo, miró la habitación con calma, los libros, los cuadros, las películas, todo aquello que formaba parte de su vida, todo aquello que le definía, que mostraba como era, que le hacía más fuerte y a la vez más vulnerable. Todo aquello iba a desaparecer aquella mañana, lo tenía decidido, llevaba días pensando cuando dar el paso, cuando atreverse, cuando poner fin a aquello y ahora tenía la sensación que había llegado el momento.

No sabía que había pasado para estar tan seguro, durante todos esos días tuvo miedo, se decía a si mismo que era lo mejor, que debía hacerlo, pero nunca veía el momento, nunca se decidía, dejo de pensar, lo tenía claro.

Respiro profundamente y abrió la ventana completamente, la lluvia comenzó a entrar en su casa, su cara, su ropa cada vez estaban más mojadas, con ayuda de una silla se subió al borde de la ventana y miró el cielo, seguía lloviendo, cada vez más fuerte, desde aquel 5º piso el aire que golpeaba su rostro era frío, helado, pero se sintió seguro, sonrió, miró al cielo y saltó al vacío.


En el aire desplegó sus alas y voló, era la primera vez que lo hacía, se sintió fuerte, libre, tanto tiempo escondiendo sus alas y por fin lo había hecho, respiro aliviado y se dejo llevar.