Todavía podía
escuchar los aplausos cuando entró en el camerino, el camino que le llevaba
desde el escenario hasta allí siempre le resulto frío, muchos de sus compañeros
tenían un subidón en ese recorrido, alguno incluso lo comparaba a un orgasmo,
sin embargo para él era el principio del fin, cada vez que terminaba su
actuación tenía la sensación que había sido la última, no entendía cómo era
posible que la gente siguiese yendo a verle hacer lo mismo tantos años.
Ya sentado frente
a aquel enorme espejo, se quedo mirándose fijamente durante un periodo de
tiempo que le fue difícil calcular, cuando volvió de ese estado de
semiinconsciencia, suspiro profundamente y se quitó el micrófono, odiaba actuar
con micrófono, decía que le distanciaba del espectador, que lo que ellos oían
no era su voz. Durante sus primeros años consiguió actuar sin él, proyectaba la
voz y el público quedaba asombrado, escucharle era trasportarse a otros mundos,
conseguía que como espectador sintieses durante la representación que el mundo
cobraba sentido, que el tiempo no era un invento.
Con los años su
voz se fue resintiendo, “los estragos de la edad y del alcohol”, se dijo a sí
mismo el día que no tuvo más remedio que actuar con micrófono.
Sacó la botella
de Jack Daniels que tenía guardada y lleno un vaso, tras el primer trago empezó
a quitarse el maquillaje, no pudo evitar derramar una lagrima, le ocurría
siempre al desmaquillarse, cuando veía su cara reflejada en el espejo con el
maquillaje mezclado con el sudor y el vaso en la mano, le hacía imaginarse un
payaso borracho y llorando, aquella imagen siempre le había perseguido, siempre
pensó que era una de las imágenes más tristes que se podían contemplar y
siempre tuvo miedo de convertirse en ese payaso, si no lo era ya.
Tras rellenar de
nuevo el vaso sus ojos se quedaron fijos en las dos fotografías que estaban en
las esquinas del espejo, en la izquierda la foto de su padre, con el mismo
maquillaje que él acababa de quitarse, nunca se sintió a gusto cada vez que le
comparaban con su padre y en cambio allí estaba, haciendo lo mismo que él y
durante tantos años como él. A la derecha del espejo la foto de ella, siempre
tocaba la foto antes de salir del camerino para subir las escaleras que le
llevaban al escenario y siempre pensaba en las últimas palabras que ella le
dijo cuando los focos se encendían y la música le daba su entrada, “es
imposible que puedas llegar a querer, no te quieres ni a ti mismo”.
Siempre perdía la
cuenta de las veces que rellenaba el vaso, cada noche permanecía en aquel
camerino una vez acabada la función bebiendo y mirando las fotos, hasta que una
voz le decía que el teatro se iba a cerrar, entonces cogía su vieja chaqueta y
salía a la calle, apoyaba su mano en una de las paredes del teatro y en un
susurro le decía “hasta mañana”.
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